"Es Personal" Podcast por Punto Sero

Paty Retana

El fútbol tiene que hablar de inclusión

¿De qué sirve recibir al mundo en un mundial de fútbol, si todavía hay personas LGBT+ que no pueden habitarlo en libertad? ¿Quiénes pueden habitar realmente los estadios? ¿Quiénes siguen sintiéndose observados cuando toman de la mano a su pareja? ¿Quiénes todavía tienen que decidir entre ser visibles o sentirse segures?

Mientras la Ciudad de México recibe al mundo con el Mundial de Fútbol FIFA 2026, estas preguntas siguen presentes para miles de personas LGBT+. Y fue precisamente ahí donde comenzó la conversación en Política Nocturna Vol. 16, un espacio incluido en Práctica Laboratorio para la Democracia que reunió a activistas, funcionarias, periodistas y promotores del deporte para reflexionar sobre algo que pocas veces aparece en las transmisiones deportivas: la inclusión.

A simple vista, el Mundial y la Marcha del Orgullo parecen acontecimientos distintos. Uno convoca a millones de personas alrededor de un balón; el otro toma las calles para exigir derechos y celebrar la diversidad. Sin embargo, ambos comparten algo fundamental: hablan de identidad, pertenencia y del derecho a ocupar el espacio público sin miedo.

Durante la charla quedó claro que el deporte puede unir barrios, familias, ciudades y países enteros, pero también puede convertirse en un lugar hostil para quienes desafían las expectativas tradicionales sobre el género, los cuerpos o la sexualidad.

Desde su experiencia, Iván Lara, presidente fundador de la Asociación Nacional de Deporte LGBT+, señaló que el reconocimiento institucional es importante, pero insuficiente. Explicó que los avances existen y son visibles, pero todavía hay atletas que calculan las consecuencias de salir del clóset y espacios deportivos donde la diversidad continúa siendo vista como una excepción.

La reflexión fue contundente: la inclusión no puede depender únicamente de discursos o actos simbólicos. Debe traducirse en políticas, protocolos y acciones concretas que garanticen la participación de todas las personas.

La conversación avanzó hacia las responsabilidades del Estado. Hilda Téllez, Secretaría Ejecutiva de la Unidad de Atención a la Diversidad Sexual de la Ciudad de México, recordó que los derechos LGBT+ no pueden entenderse de forma aislada. Hablar de diversidad implica hablar también de acceso a vivienda, empleo, educación, salud y oportunidades.

La inclusión, dijo, no se presume: se garantiza. En una ciudad que se prepara para mostrarse ante millones de visitantes, la pregunta ya no es únicamente cuántas leyes existen, sino qué tan posible es para una persona LGBT+ vivir, trabajar, transitar y desarrollarse sin enfrentar discriminación.

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Desde otro ángulo, Alejandra Alcántara, cocreadora de Kasimeritos Rollers e integrante del Comité IncluyeT de la Marcha LGBT+ de la Ciudad de México, recordó que la movilización de este año es el resultado de meses de trabajo colectivo.

El lema “Ante los ojos del mundo, mi lucha es tu lucha” responde a un contexto donde las causas sociales se cruzan constantemente. Las luchas por la diversidad sexual dialogan con las luchas feministas, antirracistas, por los derechos de las personas con discapacidad y por el acceso a una vida digna, y ninguna ocurre en aislamiento.

Por su parte, Marion Reimers colocó sobre la mesa una idea que atravesó buena parte de la conversación: el deporte nunca ha sido neutral. Lo que vemos en una cancha educa. Lo que escuchamos en las narraciones también construye imaginarios. Cuando ciertas voces predominan y determinados cuerpos son constantemente representados mientras otros permanecen invisibles, se envía un mensaje sobre quién pertenece y quién no.

Por eso, transformar el deporte implica también transformar las historias que contamos sobre él.

Al final, la conversación dejó una certeza compartida de que la inclusión no consiste en abrir la puerta para que las personas LGBT+ entren a espacios históricamente excluyentes. La verdadera inclusión comienza cuando esas personas también participan en las decisiones, construyen comunidad, ocupan espacios de liderazgo y ayudan a definir las reglas del juego.

En un año donde México estará bajo los reflectores internacionales, esta discusión resulta más necesaria que nunca. Porque el país no solo mostrará estadios, ceremonias y partidos. También mostrará su capacidad para construir espacios donde la diversidad sea reconocida como parte de la vida cotidiana y no como una excepción tolerada.

Sí, el fútbol puede ser una fiesta, la Marcha del Orgullo también. Pero ambas celebraciones pierden sentido si todavía existen personas que no pueden vivirlas plenamente.

Este junio, mientras el mundo mira hacia México, la diversidad vuelve a tomar la palabra. No para pedir permiso, sino para recordarnos que la inclusión no se juega únicamente en el discurso. Se juega en las calles, en las instituciones, en los medios, en las canchas y en cada espacio donde alguien sigue luchando por existir con libertad.