"Es Personal" Podcast por Punto Sero

Ay Mostro

¿Coger con indetectables o sin prueba?

VIH, indetectable, prueba y prevención: la ciencia dice que sí; la sociedad, en cambio, sigue prefiriendo el miedo de hace 40 años.

Columna de opinión · Punto Sero

AL MARGEN

En pleno 2026, un título como el de este texto soltó una avalancha de comentarios que parecen sacados directamente de 1986: “es mejor no andar de promiscuos”, “eso solo le pasa a los gays”, “tener VIH te convierte en un parásito”. 

Sí: 40 años de avances científicos tirados a la basura por pura desinformación. 40 años, y el verdadero virus es el estigma,  que solo parece mutar de generación en generación para seguir matando.

Entonces, ¿cómo chingados seguimos aquí? ¿Cómo se explica que, teniendo todo para terminar con esto, los casos siguen aumentando? La respuesta no está en un laboratorio ni en un hilo de X de los “narcivistas” (activista + narcisista) , está en nosotrxs.

Tratamientos futuristas, estigmas del pasado

En México, somos cerca de 360 mil  personas las que vivimos con VIH*. De ese grupo, unas 260 mil sabemos nuestro diagnóstico y más de 210 mil estamos en tratamiento. Pero estos números esconden una contradicción bien fea: mientras la ciencia ya tiene las herramientas para que el VIH sea algo con lo que puedes vivir bien, la sociedad se empeña en vivir en el miedo.

Por un lado, es un hecho científico, que una persona en tratamiento que tiene su carga viral indetectable (lo que llamamos I=I) no transmite el virus por vía sexual. También existe la PrEP, una pastilla que reduce el riesgo de contraer VIH en más de un 99%. Básicamente, el VIH hoy te permite tener una vida larga y sana como la de cualquier otrx.

Pero del otro, chocamos con un muro de desinformación y odio, resulta que en las fechas en que se celebraban estos logros, se viralizaba un video serofóbico hablando del “besotón sidoso”, usando la palabra más cargada de odio para deshumanizarnos. El prejuicio ya no solo te dice “te vas a morir”, ahora te dice “eres un peligro” o “es tu chamba cuidarme a mí”. 

Esta grieta también se siente entre generaciones. Para lxs que vivieron los 80, “sidoso” es un golpe bajo. Para muchxs jóvenes, reapropiarse del insulto ha sido un acto de rebeldía. Pero por más que lo intentemos, esa resignificación no ha logrado meterse en la conversación general. Tenemos la ciencia para ganar, pero nos falta la voluntad colectiva para creérlo.

Más detalle en el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (ONUSIDA).
Undetectable = Untransmittable (U=U): Evidence and Consensus Statement.

Estigma más letal que el VIH

El resultado de esta paradoja es una tragedia con nombre y apellido. Mientras repiten que el VIH es “una enfermedad crónica”, México vive  un repunte histórico. Solo entre enero y septiembre del 2025, se confirmaron 12,088* nuevos diagnósticos, cifra que ya pasó a la de todo el 2024.

Detrás de cada número hay una persona que recibe una noticia que aún lo tumba. Pero el peligro de verdad viene por partida doble: la desinformación que hace que te enteres tarde, y el odio que te persigue.

La serofobia, tiene consecuencias bien concretas. Por poner solo un ejemplo, en 2021, un joven en Cancún fue golpeado hasta la muerte y quemado después de decir que vivía con VIH. Este crimen de odio no es cosa rara; es solo la parte más visible de una violencia que está metida en la estructura. Las historias que nos pintan como un “peligro público” son el combustible de este odio.

Pero hay otra muerte, más común: la “muerte social”. Es el aislamiento al que te condenas por miedo a que te rechacen, la vergüenza que te hace esconder tu diagnóstico hasta de ti mismx, y el dejar el tratamiento por el pánico a que se enteren. 

Esta semana un chico me contó que lo corrieron de su casa cuando su familia se enteró. El estigma te frena para hacerte la prueba, te complica llegar a los servicios de salud y te hace flaquear con el tratamiento. No es casualidad que las personas con VIH tengamos el doble de probabilidades de caer en depresión, en gran parte por la carga del rechazo.

A quienes vivimos con el virus no nos queda de otra que volvernos expertxs para sobrevivir, mientras una buena parte de la sociedad elige quedarse en la ignorancia. El silencio cómplice de lxs que no se informan y el discurso de odio de lxs que sueltan mitos son la misma cosa y construyen una sociedad que prefiere señalar con el dedo y tener miedo, en lugar de tratar de entender y respetar.

Machismo, estigma y políticas fantasma

Si la información está ahí, ¿por qué no llega?…lo cierto es que nos topamos con una barrera hecha de tres capas tóxicas. La primera es el machismo, que también nos enferma. En México, casi la mitad de los hombres dice no haber usado condón en su última relación, poniendo de excusa mitos sobre el placer o “la pena”. En esta cultura, la vulnerabilidad “te quita hombría”. El resultado es un silencio peligroso: menos del 20% de los hombres sexualmente activos en el país se ha hecho una prueba de VIH en su vida. El machismo nos jode a todxs, seamos gais o no.

Sobre ese silencio se construye el estigma. El miedo a que te discriminen es de las primeras razones por las que la gente no se hace la prueba. Las consecuencias se miden: en México, una de cada cinco personas que viven con VIH no lo sabe. Y es alarmante que 4 de cada 10 nuevos casos se diagnostican ya en etapa avanzada (etapa de sida), cuando las defensas ya están muy dañadas. Esta gente no solo enfrenta un camino más complicado, sino que, al no saber su estado, no puede empezar el tratamiento que las haría indetectables y no transmisoras.

Y por último, hay una brecha enorme entre lo que dice la ciencia y lo que hace la política. La PrEP es una pastilla super eficaz para no contraer VIH. Pero en México, aunque se calcula que unas 160 mil personas la necesitan, solo 30 mil tienen acceso y  solo 10 mil  la están usando. La PrEP casi solo existe en algunas ciudades y conseguirla es un laberinto. Cuando no hay campañas reales de educación sexual y el acceso a la prevención es tan complicado, el mensaje que mandan es claro: esto no es una prioridad.

Esta triple barrera es el caldo de cultivo perfecto para que vuelvan los discursos más conservadores. El hueco que deja la falta de información lo llenan los prejuicios y el odio. Y así el círculo no se rompe: el machismo y el estigma matan la educación; la falta de educación alimenta el estigma.

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La única vacuna que nos falta

Cuatro décadas después, la cosa está clara. Por un lado, tenemos las herramientas para manejar y prevenir el VIH. Por el otro, nos enfrentamos a la indiferencia, los prejuicios y un sistema de salud que sigue fallando.

El repunte de casos en México es la prueba de que algo estamos haciendo muy mal. No estamos perdiendo porque nos falten medicamentos en el laboratorio, sino porque nos falta valor para hablar de esto en las escuelas, con nuestros círculos  y en los lugares donde se toman las decisiones.

La fórmula es urgente: Ciencia + Voluntad política + Educación sin tabúes = Fin de la epidemia.

La voluntad política tiene que traducirse en acceso fácil y para todxs a la PrEP y a los ARV, servicios de salud que lleguen a todos lados, y borrar leyes viejas que lo único que hacen es criminalizarnos en lugar de ayudarnos. La educación necesita hablar sin rodeos de I=I, tirar abajo el machismo y hacer que cuidar tu salud sexual sea visto como algo normal y responsable.

Este texto nació de una frase que molestó a mucha gente. Hoy, con los datos y las historias en la mano, esa frase ya no es una provocación: es puro sentido común para la salud de todos. Es la base de la nueva historia que tenemos que escribir juntxs.

La próxima vez que escuches un comentario lleno de estigma, no solo le contestes con datos. Acuérdate del chavo de Cancún, de los miles que se enteran cuando ya es tarde. Y pregúntate, preguntémosle a la sociedad: ¿Qué estamos haciendo, o dejando de hacer, para que el virus de verdad fortalecido por el del odio y la ignorancia, siga contagiándose?

La cura para eso no viene en una pastilla. Viene con nuestra decisión de dejar atrás 40 años de miedo y agarrar, por fin, el poder que tiene la verdad cuando la compartimos.

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