Punto Sero fue testigo y convocante de una serie de cine debates sobre religión y diversidad sexual y de género, realizados en tres centros penitenciarios de la Ciudad de México, a partir de la proyección de un episodio 8 en la primer temporada del podcast Es Personal y con la guía de Mario Bustamante, se abrieron conversaciones profundas sobre fe, culpa, identidad y sobrevivencia emocional dentro del encierro.
En tres ocasiones distintas durante enero 8, 13 y 21 las personas privadas de la libertad contaron cómo, en momentos de soledad extrema, se acercaron a iglesias cristianas buscando contención. Lo que encontraron, en demasiados casos, fue una promesa condicionada: apoyo espiritual a cambio de “quitarse lo LGBTTTIQ+”, de corregirse, o de negarse.
Ahí aparecieron relatos cercanos de prácticas que hoy sabemos nombrar como ECOSIG, esos esfuerzos para “corregir” la orientación sexual o la identidad de género que siguen ocurriendo, aunque cambien de forma o de lenguaje, y es que no siempre se presentan como violencia explícita; a veces llegan envueltas en palabras como amor, salvación o voluntad de Dios. Pero el mensaje de fondo es el mismo: para pertenecer, hay que desaparecer una parte de ti.
Estas charlas no surgieron de la nada. Punto Sero ya había abierto este debate desde otro lugar en el episodio 8 durante la primer temporada de Es Personal, titulado “¿Puedo ser lesbiana y cristiana?”, una conversación íntima que cuestionó la idea de que fe e identidad LGBTIQ+ sean caminos incompatibles.
En ese episodio, Mario Bustamante dialogó con Yoxi Duco, integrante de la Misión Cristiana Incluyente, quien compartió su experiencia personal como mujer lesbiana y creyente. Su testimonio fue claro y profundamente político: la fe no tendría que expulsarte de ti misma, ni obligarte a vivir fragmentada.
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Ahí se habló del “closet” desde otra dimensión. No solo el de la orientación o la identidad, sino el closet espiritual: ese lugar donde muchas personas LGBTIQ+ esconden su fe por miedo al rechazo de la comunidad diversa, o esconden su identidad por miedo al castigo religioso. “Las personas LGBTIQ+ estamos acostumbradas a los closets”, decía Mario en ese episodio, “porque hay cosas que no podemos mencionar, como nuestros sentimientos o creencias, ya que la sociedad dicta que están mal”.
Ese mismo conflicto reapareció con fuerza en los centros penitenciarios. La diferencia es que, en prisión, la fe suele ser uno de los pocos espacios de comunidad disponibles. Cuestionarla no es sencillo cuando también representa protección, comida, compañía o sentido.
Lo que quedó claro en estos encuentros es que la religión no es el problema en sí. El problema es cuando se usa para disciplinar cuerpos, controlar deseos y justificar el rechazo. Pero también quedó visible la posibilidad de construir espiritualidades que no expulsen, comunidades que no pidan sacrificios identitarios.
Acompañar estos diálogos fue asumir un lugar de escucha y memoria. Conectar lo vivido en prisión con lo que ya se había dicho en Es Personal permitió algo importante: demostrar que estas preguntas no son nuevas, que no están aisladas y que atraviesan contextos muy distintos, desde una iglesia incluyente hasta un reclusorio.
Hablar de religión y diversidad sexual sigue siendo incómodo. Porque creer no tendría que implicar odiarse. Y porque incluso entre muros, hablar de identidad, dignidad y espiritualidad puede abrir una grieta por donde entra, aunque sea un poco, la libertad.
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