"Es Personal" Podcast por Punto Sero

Paty Retana

¿Quién se quedó con nuestros espacios LGBT? | T4-E2

Primero llevaste a tu amiga hetero al antro gay porque ahí podía bailar sin que la acosaran. Después llegó su novio. Luego los amigos del novio. Un día estabas viendo un show muy queer y escuchaste a dos heterosexuales quejarse de lo que ocurría en un lugar gay. Perdón, ¿quién invitó a quién?

La anécdota aparece entre risas en el segundo episodio de la cuarta temporada de Es Personal: Nuestras Fiestas, pero detrás tiene una pregunta bastante menos divertida… ¿en qué momento algunos de los espacios que construimos para sentirnos libres dejaron de sentirse nuestros?

Esta vez, @aymostro conversa con Anaí Santana @anahisantanaa y Hanz Acevedo @hanz_acevedo_oficial sobre algo que muches hemos sentido al regresar a ciertos bares, antros y fiestas LGBT+: el arcoíris sigue en la puerta, pero adentro algo cambió.

Anaí lo dice desde la experiencia, un lugar puede anunciarse como diverso y aun así dejar de sentirse seguro. Hanz aporta otra mirada desde su comenzó al vivir la noche LGBT+ en provincia, donde aquellos espacios eran refugio para “los raros, los jochis”, y al llegar a la Ciudad de México encontró ambientes que podían ser mucho más hostiles de lo que esperaba. Y entonces aparece el elefante rosa —muy rosa— en la pista…el dinero.

Hanz pone sobre la mesa la responsabilidad de dueños y administradores que descubrieron el valor comercial del llamado pink money. Si ampliar el público significa más entradas, más covers y más consumo, la tentación existe. El problema comienza cuando la ganancia pesa más que la seguridad de la comunidad que hizo posible esos lugares. Porque una banderita arcoíris en la entrada no convierte mágicamente un sitio en espacio seguro.

La conversación se pone todavía más seria cuando aparecen experiencias de robos, agresiones y denuncias que, según les participantes, no siempre reciben una respuesta adecuada de los establecimientos.

Anaí cuenta el robo de su celular durante una salida nocturna y la sensación de indefensión posterior. Pero la discusión rápidamente deja de ser sobre un teléfono: ¿qué responsabilidad tiene un negocio que se presenta como LGBT+ cuando dentro de sus instalaciones ocurren violencias? “Es algo muy común” no puede ser un protocolo de seguridad.

Tampoco podemos depositar toda la responsabilidad en quien sale de fiesta. Claro que debemos cuidarnos entre nosotres, pero un lugar que cobra entrada, vende bebidas y utiliza a nuestra comunidad para promocionarse también debe asumir responsabilidades reales frente a la violencia y la discriminación.

Y aquí el episodio lanza otra pedrada hacia dentro de nuestra propia casa…¿Qué hacemos como comunidad cuando sabemos que un espacio acumula denuncias y seguimos llenándolo? ¿Qué responsabilidad tienen artistas, drags, influencers y talentos que prestan su imagen para promocionarlo? La pregunta incomoda porque nos involucra a todes.

Muy diverso… si puedes pagar el cover

También existe otra manera de expulsarnos sin poner un letrero en la puerta: subir el precio hasta que nuestra propia comunidad ya no pueda entrar. Hanz cuestiona el encarecimiento de algunos nuevos espacios LGBT+, con covers que pueden alcanzar varios cientos de pesos. Y ahí aparece una contradicción deliciosa, pero nada divertida: pagar más para sentirte supuestamente seguro o ir al lugar que puedes pagar aunque no necesariamente lo sea.

Por eso la conversación también voltea hacia los proyectos pequeños, independientes y autogestivos. Necesitamos más espacios, sí, pero no solamente antros. Cafés, centros culturales, fiestas, bares y lugares donde lesbianas, gays, bisexuales, personas trans, no binarias y otras identidades puedan encontrarse sin tener que explicarse todo el tiempo.

Porque diversidad tampoco significa que absolutamente todos los espacios tengan que servir para absolutamente todas las personas.

Las lesbianas pueden necesitar lugares para lesbianas. Las personas trans, espacios donde no sean observadas como curiosidad. Los gays, sitios propios. Y quienes lleguen como aliades tendrían que entender algo elemental: entrar a un espacio LGBT+ no significa que el espacio deba transformarse para hacerles sentir más cómodos a elles.

Cuando perdemos un antro, perdemos más que una pista

La frase más importante del episodio quizá llega casi al final: cuando perdemos estos lugares, perdemos nuestra historia y lo simbólico. Ahí ligamos cuando hacerlo en otro sitio podía ser peligroso. Encontramos amigas, amantes, parejas y familias elegidas. Vimos por primera vez una draga. Nos atrevimos a usar cierta ropa. Besamos a alguien sin mirar alrededor. Descubrimos que había otras personas viviendo cosas parecidas a las nuestras.

No basta con llamarse diverso. Hay que cuidar a las personas que lo habitan. La seguridad no debería depender de cuánto puedes pagar ni de qué letra del acrónimo eres. Todas las personas de nuestra comunidad merecemos encontrarnos, ligar, bailar y divertirnos sin convertir la noche en una carrera de obstáculos.

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Y si los lugares que existen ya no nos representan, la conversación propone algo todavía más interesante: crear otros. Muchas de las fiestas, colectivos y espacios queer que hoy conocemos comenzaron precisamente porque alguien miró alrededor, no encontró el lugar que necesitaba y decidió inventarlo.

Así que sí: lleva a tus amigues, baila hasta que prendan las luces, conoce gente, enamórate, desenamórate, vuelve el próximo fin de semana y apoya los proyectos que están haciendo las cosas bien. Pero no olvidemos quién construyó esta pista.

Porque si nos borran de nuestros propios espacios, ya no hay Pride que alcance para decorar la puerta.

🎙️ Mira el segundo episodio de Es Personal: Nuestras Fiestas con @aymostro, @anahisantanaa y @hanz_acevedo_oficial en el canal de YouTube de Punto Sero. Y después vuelve a contarnos: ¿qué hace que un espacio LGBT+ realmente se sienta nuestro? Es Personal es un proyecto de Punto Sero, realizado con el apoyo de AHF Latinoamérica y el Caribe.