La salud mental importa de manera particular para quienes crecieron cargando miedo, rechazo, violencia, discriminación o aislamiento. En la comunidad LGBTIQ+, el dolor emocional suele ser el resultado de una vida intentando sobrevivir en un mundo que nos pidió ocultarnos, explicarnos o corregirnos.
En el episodio 11 de Es Personal, abrimos una conversación sobre salud mental, orgullo y acompañamiento. Una charla que no busca dar recetas mágicas, sino ponerle nombre a las heridas, reconocerlas y recordar algo esencial: no estamos solxs.
Sanar también es un acto político
Acompañadxs por David Moncada, terapeuta sexual, educador y creador de Sexólogo de Bolsillo, la conversación parte de la idea de que pedir ayuda es una forma de resistencia. En un sistema que nos exige ser funcionales, productivxs y fuertes todo el tiempo, detenernos a mirar nuestro malestar es un gesto profundamente político.
David comparte cómo la creación de Calma Comunidad, un proyecto colaborativo enfocado en salud mental y sexoeducación para personas LGBTIQ+, nació también como una estrategia de supervivencia. Y es que crear comunidad le salvó la vida. Y no es una metáfora. Hablar de salud mental no puede separarse de hablar de salud sexual, de vínculos, de placer, de culpa y de vergüenza. Todo está conectado.
Escuchar es una necesidad básica
Es sencillo… todas las personas necesitamos ser escuchadas. No solo entendidas desde la teoría, sino acompañadas desde la experiencia. En la comunidad LGBTIQ+, muchas veces aprendemos a callar para sobrevivir. A vivir la sexualidad en secreto, a esconder deseos, a negociar nuestra identidad para no incomodar. Ese silencio tiene un costo emocional altísimo que, con el tiempo, se manifiesta como ansiedad, depresión, culpa o desconexión del cuerpo.
La salud mental no se construye únicamente desde la academia. Se construye cuando alguien nos escucha sin juzgar, cuando nuestras historias son dignificadas, cuando nuestras experiencias por más “imperfectas” que parezcan, tienen valor.
Del riesgo al placer: cambiar la narrativa
Durante años, el discurso sobre sexualidad en poblaciones LGBTIQ+ se centró casi exclusivamente en el riesgo. David propone un giro radical: dejar de preguntar cuántas parejas sexuales tiene alguien y empezar a preguntar cómo le gusta estar en el mundo.
Hablar de placer no es irresponsable; al contrario, permite diseñar estrategias de cuidado que realmente se ajusten a la vida de las personas. La prevención funciona mejor cuando no parte del miedo, sino del deseo, del consentimiento y del conocimiento del propio cuerpo.Cambiar la narrativa de “prácticas de riesgo” por “prácticas placenteras y cuidadas” también es una forma de sanar.
Identidades que se construyen en comunidad
El episodio aborda con profundidad temas como la identidad no binaria, el lenguaje inclusivo y los pronombres, no como debates lingüísticos, sino como procesos políticos y emocionales. Nombrarnos es una forma de existir. Y existir sin encasillar sigue siendo una lucha para muchas personas dentro y fuera de la comunidad.
David comparte cómo fluir entre géneros, expresiones y roles no es confusión, sino una forma legítima de habitar el mundo. La identidad no es una jaula: es un territorio en movimiento. Reconocer esas identidades, validarlas y respetarlas también es cuidado de la salud mental colectiva.
Soledad, heridas compartidas y pertenencia
La soledad aparece como uno de los grandes ejes del episodio. No una soledad individual, sino una soledad colectiva, marcada por la exclusión y el estigma. Estudios han hablado incluso de un “síndrome de soledad gay”, donde la falta de pertenencia aumenta la vulnerabilidad emocional.
Pero también se habla de algo luminoso: la pertenencia como factor de protección. Reconocernos en otras personas, compartir heridas, identificarnos en historias similares crea lazos que sostienen. La comunidad no siempre es perfecta, pero muchas veces es lo único que tenemos para no caer.
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Cuerpo, placer y reparación
Habitar el cuerpo después del rechazo no es sencillo. Nos enseñaron a desconectarnos de él, a sentir vergüenza, a separar mente y cuerpo y es que ecuperar el placer es parte del proceso de sanación.
David utiliza la metáfora del kintsugi, la técnica japonesa que repara cerámica rota resaltando sus grietas con oro. No todas las rupturas son nuestras, dice. Algunas nos las impusieron. Sanar no siempre significa volver a ser “como antes”, sino decidir qué pedazos queremos pegar y cuáles no. Las grietas también cuentan historias. Y esas historias merecen ser escuchadas.
Mi mente también es mi orgullo
Este episodio no romantiza el dolor, pero tampoco lo esconde. Habla de ansiedad, depresión, vergüenza, culpa y cansancio, pero también de acompañamiento, ternura y paciencia. De entender que sanar no es lineal, que incluso con redes de apoyo hay momentos en los que pedir ayuda se vuelve difícil.
La salud mental no se cuida en soledad. Se cuida en comunidad, con información, con espacios seguros y con personas que nos miren sin intentar corregirnos.
Cuidar la mente también es una forma de orgullo y más en una comunidad que ha sobrevivido al rechazo, hablar de salud mental es un acto profundamente humano. Nombrar el dolor, reconocer las heridas y buscar acompañamiento es parte del camino para vivir con más dignidad, más calma y más amor propio.
Este episodio de Es Personal nos recuerda que no estás solx. Existen redes, existen espacios seguros y existen profesionales dispuestxs a acompañarte. Porque la salud mental importa. Importa hoy. Importa siempre.Si necesitas orientación, pruebas, atención médica o acompañamiento integral, acércate a AHF México y AHF Latinoamérica y el Caribe. Sus servicios son gratuitos, confidenciales y pensados para cuidar de ti, por dentro y por fuera. Porque pedir ayuda también es amor propio.
