Había quienes pensaban que este año el Pride o la Marcha del Orgullo de la Ciudad de México se sentiría incompleta, este 2026 no habría grandes escenarios LGBT en el Zócalo. Las marcas comerciales, que durante años ocuparon una parte importante del paisaje, prácticamente desaparecieron, los vehículos motorizados fueron muchos menos. El acceso al Ángel de la Independencia y al Zócalo estuvo rodeado por dispositivos de seguridad debido a la celebración de la Copa Mundial de la FIFA 2026, incluso una enorme pantalla permaneció apagada durante buena parte de la jornada.
En el ambiente parecía que faltaba algo, pero mientras avanzaban las horas ocurrió exactamente lo contrario, la comunidad se hizo presente con miles de personas que volvieron a llenar Paseo de la Reforma y el Centro Histórico de la Ciudad de México para recordar que el Orgullo nunca ha pertenecido a los escenarios ni a los reflectores, es de quienes lo construyen cada los día, defendiendo derechos desde las organizaciones civiles, desde los consultorios, las aulas, los refugios, los colectivos, los espacios culturales y las calles.
La XLVIII Marcha del Orgullo LGBTTTIQAP+ recuperó su esencia y la posibilidad de encontrarnos para seguir construyendo el motivo de celebración.
Bastaba caminar unos cuantos metros para entenderlo, al ver a familias enteras ondeando banderas arcoíris; parejas que por fin podían abrazarse sin esconderse; personas mayores que llevan más de cuarenta años marchando junto a juventudes que asistían por primera vez; personas trans, no binarias, lesbianas, gays, bisexuales, intersexuales, asexuales, personas con discapacidad, aliadas y organizaciones de deportistas compartiendo el mismo espacio público con la certeza de seguir aquí.
Durante meses, decenas de organizaciones trabajaron para que esa posibilidad existiera. El Comité IncluyeT encabezó la coordinación política de una movilización que, una vez más, recordó que el Orgullo es una manifestación social antes que un espectáculo. A su lado caminaron organizaciones históricas y aliadas como AHF México, AHF Latinoamérica y el Caribe, Impulse Group Ciudad de México, Flux México y muchas otras colectivas, activistas, instituciones comunitarias y personas voluntarias que, lejos de los reflectores, hacen posible que la Marcha continúe siendo un espacio abierto, seguro y profundamente diverso.
Estas organizaciones cuyo trabajo rara vez ocupa los titulares, sin embargo, son ellas quienes durante todo el año acompañan diagnósticos de VIH, impulsan campañas de prevención, construyen espacios seguros para juventudes, promueven el acceso a la salud sexual, defienden derechos humanos y sostienen redes de apoyo que muchas veces representan la diferencia entre el aislamiento y la comunidad.
La Marcha también fue un recordatorio de que el Orgullo es profundamente político, ya que mientras millones de personas observan la Copa Mundial de la FIFA 2026, el Comité IncluyeT eligió un mensaje que trasciende cualquier celebración: “Ante los ojos del mundo, mi lucha es tu lucha: igualdad, paz y solidaridad.”
Como una invitación a preguntarnos qué país queremos mostrar cuando el mundo nos observa. Un país donde la diversidad únicamente aparece durante junio o uno donde todas las personas puedan vivir con libertad, seguridad y dignidad los 365 días del año.
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Ese mismo espíritu estuvo presente en una de las decisiones más simbólicas de esta edición: colocar al deporte incluyente al frente de la Marcha. La presencia de deportistas de la diversidad sexual y de género recordó que todavía existen espacios donde muchas personas sienten que deben ocultar quiénes son para poder competir, permanecer o ser reconocidas, caminar al frente fue una forma de decir que ninguna medalla debería depender del silencio.
Y precisamente el silencio fue otro de los grandes protagonistas de la jornada.Por tercer año consecutivo se realizó el Tramo del Silencio, un recorrido entre la Glorieta de las Mujeres que Luchan y el Antimonumento de los 43 donde miles de personas guardaron silencio para honrar a quienes fueron víctimas de crímenes de odio, desaparición, violencia y abandono institucional.
En una Marcha donde habitualmente predominan la música, los tambores y las consignas, ese silencio se convirtió en una de las expresiones más poderosas del día, y al llegar al Antimonumento, el silencio se rompió con aplausos, voces y consignas para nombrar a quienes ya no están pero siguen caminando con quienes hoy ocupan las calles.
Quizá por eso esta edición dejó una sensación distinta, no fue la ausencia de las marcas lo que definió la jornada, ni por la falta de pantallas o escenarios.Fue la certeza de que, cuando todo eso desaparece, permanece lo verdaderamente importante.
La comunidad…la Marcha demostró que no necesita artificios para conmover. Que su fuerza sigue naciendo del trabajo cotidiano de miles de personas que organizan, acompañan, escuchan, cuidan y defienden derechos mucho antes de que llegue junio.
Cada bandera levantada, cada abrazo, cada cartel pintado a mano y cada conversación sostenida durante el recorrido recordaron que el Orgullo sigue siendo una construcción colectiva.Una construcción donde caben todas las identidades, todas las generaciones y todas las luchas.
Porque el Pride nunca ha sido solamente una fiesta, es la esperanza de quienes todavía necesitan encontrar, por primera vez, un lugar donde puedan sentirse libres de ser quienes son. Y mientras exista una comunidad dispuesta a caminar unida, el Orgullo seguirá encontrando su camino.
